Literatura Dr. Jaime Damerval M.

Poetas Latinoamericanos
U - V  

NUEVA YORK

Francisco Vighi

 

¡Oh Nueva York! Cuadrícula y dados.

De asfalto y alquitrán tu praderío.

Jirafas de cemento junto a un río

donde flotan en tinta los ahogados.

 

¡Oh Nueva York de los apresurados!

Implacable el calor, rotundo el frío,

Nueva York del exiliado y el judío

de ésos que aquí llamamos descielados.

 

¡Oh Nueva York! Con tu ruido y humo negro

¡te falta todo! No hay en tus mañanas

humor de hogar, ni ruido de campanas.

 

No cambiaré mi andante por tu allegro.

Prefiero ir con abulia y con mi Julia

-del brazo de las dos- a la tertulia.

PALEMON EL ESTILITA

GUILLERMO VALENCIA

Palemón el Estilita, sucesor del viejo Antonio,

que burló con tanto ingenio las astucias del demonio,

antiquísima columna de granito

se ha buscado el desierto por mansión;

y en pie sobre la stela

ha pasado muchos días

inspirando a sus oyentes

el horror a las judías

que endiosaron, ¡Dios del cielo!

que endiosaron a una hermosa

de la vida borrascosa, que llamaban Herodías.

Palemón el Estilita -era un santo". Su retiro

circuían mercadantes de Lycoples y de Tiro,

judaizantes (le apartadas sinagogas,

que anhelaban de sus labios escuchar

la palabra de consuelo,

la palabra de verdad

que nos salve del castigo,

y de par en par el Cielo
nos entregue; sólo abrigo

contra el pérfido enemigo

que nos busca sin cesar,

y nos tienta con el fuego de unos ojos
que destella bajo el lino de una toca,

con la púrpura de frescos labios rojos

y los pálidos marfiles de una boca.

Alrededor de la columna que habitaba el Estilita,

como un mar efervescente, muchedumbre ingente agita

los turbantes, los bastones y los brazos,

y demanda su sermón al solitario,

cuya hueca voz de enfermo

fuerzas cobra ante la mies

que el Señor ha deparado

a su hoz, y cruza el yermo

que turbaron otros tiempos los timbales de Ramsés.

Y les habla de las obras de piedad y sacrificio,

de las rudas tentaciones del Apóstol y del vicio

que llevamos en nosotros; del ayuno y el cilicio;

del vivir año tras año con las fieras,

bajo rotos quitasoles de palmeras;

y les cuenta lo que es sed y lo que es hambre,

lo que son las noches cálidas de Libia,

cuando bulle (le planetas un enjambre

y susurra en los palmares aura tibia,

que provocan en el ánimo, cansado

de una vida muerta y loca,

los recuerdos tormentosos

que en los días pesarosos,

que en los días soñolientos

de tristezas y de calma

nos golpean en el alma

con sus mágicos acentos,

cual la espuma débil

toca

la cabeza dura y fría

de la roca,

De la turba que le oía,

una linda pecadora

destacóse; parecía

la primera luz del día;

y en lo negro de sus ojos

la mirada tentadora

era un áspid: amplia túnica de grana

dibujaba las esferas de su seno;

nunca vieron los jardines de Ecbatana

otro talle más airoso, blanco y lleno;

bajo el arco victorioso de las cejas

era un triunfo la pupila quieta y brava,

y cual conchas sonrosadas, las orejas

se escondían bajo un pelo que temblaba

como oro derretido;

de sus manos blancas, frescas,

el purísimo diseño

semejaba lotos vivos

de alabastro,

irradiaba toda ella

como un astro;

era sueño,

que vagaba

con la turba adormecida,

y cruzaba

-la sandalia al pie ceñida-

cual la muda sombra errante

de una sílfide,

de una sílfide seguida

por su amante.

Y el buen monje

la miraba,

la miraba,

la miraba,

y, queriendo hablar, no hablaba,

y sentía su alma esclava

de la bella pecadora de mirada tentadora;

y un ardor nunca sentido

sus arterias encendía,

y un temblor desconocido

su figura

larga

flaca

y amarilla

sacudía:

¡era amor!

El monje adusto

en esa hora sintió el gusto

de los seres y la vida;

su guarida

de repente abandonaron

pensamientos tenebrosos

que en la mente

se asilaron

del proscrito,

que, dejando su columa

de granito,

y en coloquio con la bella

cortesana,

se marchó por el desierto

despacito

-a la vista de la muda,

¡a la vista de la absorta caravana! ...